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Existe un lugar en Andalucía denominado “El Poniente de Almería”, en clara alusión a su ubicación geográfica en las costas occidentales de esta provincia andaluza. Se trata de una inmensa llanura aluvial, muy tendida y suave, que se ha formado entre las montañas de las sierras costeras y el Mediterráneo y que, mirando hacia el Sur, recoge todas las horas de sol que uno pudiese imaginar…

En esta tierra, durante las últimas décadas se ha venido dando una especie de milagro económico como consecuencia de la implantación generalizada de la agricultura intensiva mediante invernaderos, hasta el punto de que en algo menos de 1.000 km2 se producen hortalizas para media Europa. Por tanto, aquellos eriales salpicados por pequeños pueblos de vocación pesquera unos y agrícolas otros ya se han transformado en una inmensa cobertura de plástico que llega desde las montañas hasta el mar, solo interrumpida por docena y media de poblaciones en las que viven por y para la agricultura algo más de 250.000 habitantes.

Y lo que pareciera a primera vista un mundo agrícola, poco especializado y precario, es en realidad un espacio altamente evolucionado como consecuencia de un complejo sistema de aprovechamiento de cada gota de agua, y que requiere de una sofisticada tecnología al servicio de cada invernadero. Como lo demuestra el hecho de que un porcentaje altísimo de los operarios son ingenieros agrícolas, químicos o economistas. O que requieren de todo un sistema de actividades complementarias a esta “agricultura industrial” (suministros, riegos, plásticos, estructuras, fertilizantes, plantas envasadoras y comercializadoras…).

WIKIPEDIA PONIENTE

Y como cabría esperar de un desarrollo tan acelerado e intensivo, este sorprendente territorio lleva tiempo trabajando en la resolución de sus principales conflictos:

-          Para la gestión de los residuos agrícolas: ya que si bien se ha avanzado bastante en la recogida y tratamiento de los plásticos –seguramente por tratarse de una actividad algo lucrativa- sin embargo ocurre todo lo contrario con los restos orgánicos que genera la agricultura, por ejemplo.

-          Para la convivencia de los diferentes usos urbanos (residenciales en las ciudades, turísticos en algunos enclaves litorales, industriales), ya que no hay solución de continuidad entre ciudades e invernaderos como consecuencia de una ocupación intensiva del territorio.

-          O para la supervivencia de los parajes litorales del alto valor naturalístico que aún perviven (Punta Entinas y Sabinar, o la Albufera de Adra) que se encuentran literalmente encorsetados por las urbanizaciones, las infraestructuras o los invernaderos.

Pero también El Poniente Almeriense tiene por delante otros retos de los que yo quisiera destacar dos de ellos:

-          Afrontar con decisión su reconversión tecnológica para de una parte liderar internacionalmente el desarrollo de la agricultura ecológica, y de otra para mejorar la organización interna de su suelo agrícola pseudoindustrializado, imprescindible para lograr mayor productividad y menores impactos ambientales.

-          Incorporar las cuestiones paisajísticas a todas las cuestiones por decidir en el futuro, para ir transformando progresivamente un territorio de apariencia caótica y fuera de control, en un espacio dinámico, que convive con su referentes territoriales (la montaña y el mar), que dialoga con respeto con sus joyas naturalísticas, y en el que sus habitantes –como también los visitantes- alcancen las mayores cotas de calidad de vida.

Recordareis que hace unas semanas empezamos a reflexionar sobre la importancia de valorar el patrimonio cultural de cada municipio y como comprobé que era un tema que os interesaba me comprometí a seguir profundizando sobre este asunto. Y por eso hoy, abundando sobre el asunto quisiera contaros la estupenda sorpresa que me regaló una pequeña población del sur de España, en el oriente de Andalucía: Dalías (Almería).

La Ciudad Comprometida

Este pueblo, que da nombre a uno de los mayores milagros del agro andaluz: “El Campo de Dalías”, es muy famoso por su agricultura intensiva en invernaderos, pero yo no podía sospechar que me iban a dar una verdadera lección de amor por lo propio, por sus costumbres y por su paisaje…

Dalías se asienta a media ladera de la Sierra de Gádor, como escondido en un valle, a unos 10 kilómetros del Mediterráneo y  algo elevado respecto de la llanura agrícola, por lo que el paisaje hacia el sur lo domina en primer plano ese inmenso “mar de plástico” y ya al fondo el brillo azulado del mar… Y fruto de ese boom agrícola allí han nacido  otras ciudades como El Ejido, muy populosas pero anodinas como casi todas las cosas que crecen demasiado rápido.

Por eso mi sorpresa al llegar a Dalías… un verdadero remanso de belleza y armonía, en un bello paraje que hasta ahora han sabido mimar: Mantienen orgullosos su arquitectura de casas blancas, cúbicas y de escala familiar, y han sabido hacer que su crecimiento de los últimos años  se haya adaptado a esas mismas pautas, de modo que allí me sorprendieron muchas cosas, pero seguramente la que más el sosiego que  percibí en el lugar. La paz del lugar.

La Ciudad Comprometida

Y además, ese mismo orgullo por lo propio allí se percibe en el mimo por el entorno rural montañoso: árido pero moteado por los cultivos, abancalado con bellísimos muros de piedra a cuerda seca,  y donde los algarrobos, membrillos, higueras, olivos y almendros te hablan con bella elocuencia de la añeja cultura mediterránea.

Y mira si están orgullosos en Dalías de su cultura heredada que hace no mucho decidieron, por suscripción popular, elegir sus “7 maravillas”: los mejores ejemplos de su tradición que cualquier visitante debe conocer. Y yo me dispuse, lógicamente a recorrerlas lo que me permitió pasear por el pueblo (La Iglesia, el Retablo del Cristo de la Luz y el Casino), recorrer sus alrededores (Ermita de Al-Hizam, el Nacimiento del Río  y los Baños de la Reina) y la Iglesia de Celín (un pequeño pueblecito aún más remetido en las montañas)…

Me pareció una maravillosa iniciativa local para no solo mostrar orgullosos su bello patrimonio sino para que al recorrerlo te impregnes de su paisaje y de la sabia relación que el hombre supo construir entre lo urbano y lo rural, mostrando a las claras que cómo es mucho mejor vivir en armonía con el lugar, y que para ello simplemente hace falta hacer las cosas con sensatez y mesura.

 La Ciudad Comprometida

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